domingo, 11 de diciembre de 2016

Historia de solidaridad


Corazón solidario

En un pueblecito de Jaén, vivía un niño llamado Carlos. Carlos era risueño y educado. Era amigo de sus amigos y apenas se enfadaba por nada. Le gustaba mucho viajar y contar historias que sabía gracias a su padre y a su abuelo,  y le enseñaban  sobre todo cuentos con moraleja, que eran los que a él le hacían reír y reflexionar.

Un día, se fue con sus padres a pasar las vacaciones a un pueblo de Madrid, que es donde vivían sus tíos. Hacía mucho que no los veía y le dio mucha alegría volver a verlos. Al día siguiente, decidieron hacer una ruta turística para conocer la ciudad. A Carlos le gustaron  todos los edificios que vio, pero hubo uno que le llamó mucho la atención, y decidió entrar a verlo. Era grande, tenía muchas habitaciones y enormes ventanas. Avanzó por un pasillo, donde había varias salas y no se lo pensó dos veces y entró a una de ellas. En su interior encontró a varios ancianos jugando a las cartas y viendo la tele. Estaban tan distraídos y divertidos que ni se dieron cuenta de que aquel niño había entrado. Carlos decidió acercarse a uno de ellos, y al anciano le dio alegría saber que ese niño quería hablar con él. Alfredo, que así se llamaba, conversó largo y tendido con Carlos. Ya era la hora de irse y Carlos se despidió de él; no había hecho nada más que poner un pie fuera y ya estaba pensando en volver.

Se había quedado con la duda de saber cómo se llamaba aquel edificio, y lo primero que hizo al llegar a casa fue preguntárselo a su padre, y descubrió que era una residencia de ancianos. Él nunca había oído hablar de ese lugar porque en su pueblo no había una residencia.

Carlos iba todos los días a visitar a Alfredo, los dos se lo pasaban muy bien juntos e incluso hacían bromas y gamberradas que a los demás ancianos le hacían pasar una tarde de lo más divertida. Carlos le daba mucha alegría a aquel sitio y todos los ancianos lo querían mucho y notaban su ausencia.  A él no le costaba nada ir a visitarles, al contrario, le encantaba y no ponía ningún impedimento. Cada día, cuando iba a la residencia a los ancianos se les dibujaba una sonrisa que no le cabía en el rostro, era como si todos tuvieran un nieto en común. Llegó septiembre, y con él se fueron las vacaciones, y Carlos tuvo que despedirse de Alfredo y los demás ancianos de la residencia.

Aunque al principio estaban tristes luego lo asimilaron porque Carlos le dijo que cuando pudiera iría a visitarlos y harían de las suyas como siempre. Pronto comenzó el colegio, y Carlos volvió a ver a sus amigos.  En su pueblo, había ancianos que estaban solos porque sus familiares estaban lejos o simplemente porque no tenían. Después de las clases, él iba a visitarles y le dio pena que no tuvieran a nadie que les cuidara y  jugara con ellos. Entonces pensó que por qué no construían una residencia de ancianos en su pueblo.  Cuando se lo contó a sus padres a ellos no le pareció tan mala idea, y llegó a oídos del alcalde del pueblo; aunque nunca lo había pensado, creyó que era una magnífica idea, y que no solo le ayudaría a los mayores sino que también originaría puestos de trabajo.


Después de un tiempo, llegó el día de inaugurar la residencia y todos los habitantes del pueblo acudieron a la cita. El alcalde pensó que sería lo justo que Carlos cortara el lazo de inauguración, ya que había sido el responsable de que el proyecto se llevara a cabo. Pronto la residencia se llenó y gracias a Carlos el colegio se puso de acuerdo para que todos los miércoles los niños fueran  a visitar a los ancianos, porque también era una forma de aprender que los niños y los ancianos intercambiaran historias y vivencias. Carlos fue un ejemplo para los demás niños y también sacó una enseñanza de todo esto: da y recibirás, el dio compañía y felicidad a los que se sentían solos y recibió su alegría y la satisfacción de haber hecho algo bueno por los demás.

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