TEXTOS

EL HAIKU es un poema de origen japonés. Intenta transmitir una visión instanténea y objetiva de la naturaleza. No son poemas pretenciosos, no usan
un lenguaje con artificios, sino que buscan plasmar el fluir sublime y a la vez sencillo de lo que nos rodea. El haiku no transmite valores morales o espirituales .La estructura tradicional consiste en 17 sonidos, divididos en tres versos de 5, 7 y 5 sílabas, aunque los haiku más modernos son más flexibles tanto en la forma como en los temas.

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Desde el punto de vista formal:
El haiku es un poema de 17 sílabas, distribuidas en tres versos de 5‐7‐5 sílabas, sin título ni rima. Excepcionalmente, pueden presentar un mayor cómputo silábico (“verso roto”) o una estructura de dos versos. Suele introducir una palabra que hace referencia a la estación o al período en el que se compone (kigo).
El lenguaje evita las figuras literarias, aunque sin ser descuidado. La puntuación y las mayúsculas pueden o no aparecer, aunque debe respetarse cierta musicalidad.
Desde el punto de vista del contenido:
Persigue reflejar los instantes de todo lo natural y lo esencial que existe en la creación, como un espejo, porque el poeta de haikus (haijin) sabe que, si faltase uno de esos mínimos instantes, la realidad y sus emociones desaparecerían.
El haiku es un arte de la vida y de los sentidos: el mundo nos hace sentir, percibimos la intensidad de dichas emociones y tratamos de transmitirlas, respetándolas al máximo, puesto que la belleza, la fealdad, lo pequeño y lo grande ayudan a conformar la perfección y el equilibrio del que estamos siendo testigos, aunque no se adapten a nuestras necesidades, nuestros proyectos ni nuestras voluntades. No se trata de nosotros. Se trata de algo más grande: se trata de todo.
“Haiku es lo que está ocurriendo aquí y ahora”.
¿QUÉ NO ES UN HAIKU?
Un haiku es una emoción tan intensa que nos hace “redescubrir” la realidad que hasta ahora no habíamos vivido de verdad. Todo lo que nos sepa a realidad, será haiku; todo lo que nos suene a artificio, no.
Una metáfora, un alarde de escritura, una definición, una declaración moral, un tópico literario, un pensamiento ingenioso o sólo tres versos de 5‐7‐5 sílabas nunca será un haiku.
¿Por qué? Porque todas estas opciones son creaciones exclusivamente humanas, en ellas sólo habita el hombre y el hombre no es lo único que existe en el mundo, aunque a veces nos lo creamos. El haiku no refleja las ideas de una persona, los pensamientos y el ingenio, sino la naturalidad del mundo, sus contradicciones o, mejor dicho, sus equilibrios, porque todo existe, queramos verlo o no. Y el haijin sí quiere verlo, porque prefiere la valentía del verdadero sabor del mundo a un modelo artificial que no responde a la verdadera vida que le rodea. No importa cuánto perdure la vida; importa cómo sea la vida.

ESTRUCTURA: 17 sílabas en 3 versos: 5, 7 y 5 sílabas.
MÉTRICA:
a. Si el verso termina en una palabra esdrújula, se le resta una sílaba; si acaba en palabra aguda, se le añade una sílaba.
b. Sinalefa: unión de los sonidos de dos vocales contiguas
TÍTULO Y RIMA: los haikus no tienen títulos ni rima.
OTROS ASPECTOS FORMALES:
El uso de mayúsculas o signos de puntuación es opcional. Se persigue la musicalidad del poema completo.
En el haiku el lenguaje debe ser claro, no rebuscado, pero cuidado, fiel a la experiencia evitando las figuras literarias.
CONTENIDO:
Como característica propia, el haiku incluye un corte (kireji), que provoca mediante un signo o una palabra que aporta un nuevo significado al poema, una visión sugerente.
También contiene palabras que hacen refencia a la estación del año en que se compone el haiku.
¿Sobre qué debe hablar un haiku?
“Haiku es lo que está ocurriendo aquí y ahora”.
El haiku habla de cualquier cosa que emocione, porque el mundo y la vida están hechos de emociones, de sentimientos, de naturalidad: una flor, la brisa o una hormiga pueden emocionarnos y hacernos ver que forman parte de la Naturaleza y del mundo que nos rodea, de su equilibrio y que todo ello permite que la vida continúe.
El haiku es un arte de la vida y de los sentidos: el mundo nos hace sentir. No se trata de
nosotros. Se trata de algo más grande: se trata de todo cuanto nos rodea.
Consejos para escribir un haiku:
Si quieres escribir un haiku, debes realizar los siguientes pasos:
a) No pienses en nada. Sólo déjate llevar por lo que te llame la atención: una sombra, el sol, el viento en una hoja...
b) No busques sobre qué escribir, porque no estás buscando un poema. Estás tratando de sentir el mundo que te rodea, sólo eso.
c) No inventes tus sentimientos para hacerlos más hermosos. Escribe lo que sientes, sin adornarlo.
d) No desesperes: traducir los sentimientos en palabras es muy complicado al principio.
e) Piensa que eres un espejo que refleja el mundo





caligrama

El neologismo caligrama,se lo debemos al francés Guillaume Apollinaire. Es un poema dibujado. Se pueden hacer con varios programas como scribus, o manualmente.
cartas



 La redacción de una carta se tiene que adaptar a las necesidades de los usuarios, pero hay que conocer ciertas nociones sobre su estructura.
A veces las canciones son cartas , aquí os dejo un ejemplo.



La postal
















El correo electrónico





El segundo sexo (fragmento)

Autor: Simone De Beauvoir

Tipo de texto: Argumentativo

El varón realiza el aprendizaje de los juegos, de su existencia, como un libre movimiento hacia el mundo; rivaliza en dureza e independencia con los otros varones y desprecia a las niñas.
Cuando trepa a los árboles, como cuando pelea con sus amigos o los enfrenta en juegos violentos, capta su cuerpo como un medio de dominar a la naturaleza y un instrumento de combate; se enorgullece tanto de sus músculos como de su sexo y, a través de los juegos, deportes, luchas, desafíos, pruebas, encuentra un empleo equilibrado de sus fuerzas; conoce al mismo tiempo las lecciones severas de la violencia, y aprende a recibir los golpes y despreciar el dolor y las lágrimas de la primera edad. Emprende, inventa, se atreve. Se hace ser al hacer, con un solo movimiento. En la mujer, por el contrario, hay desde el principio un conflicto entre su existencia autónoma y su «ser-otro»; le han enseñado que para agradar hay que hacerse objeto, por lo cual tiene que renunciar a su autonomía. Es tratada como una muñeca viviente y le niegan
su libertad, con lo que se anula en un círculo vicioso, pues cuanto menos ejerza su libertad para comprender, captar y descubrir el mundo que la rodea, menos recursos encontrará en sí misma y menos se atreverá a afirmarse como sujeto.


El principito (fragmento)

Autor: Antoine De Saint-exupery

Tipo de texto: Narrativo

Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el
corazón. Lo esencial es invisible para los ojos, y es el tiempo perdido con tu rosa lo que la hace importante(...)
Ah, principito, cómo he ido comprendiendo lentamente tu vida melancólica! Durante mucho tiempo tu única distracción fue la suavidad de las puestas de sol. Este nuevo detalle lo supe al cuarto día, cuando me dijiste:
-Me gustan mucho las puestas de sol; vamos a ver una puesta de sol
-Tendremos que esperar
-¿Esperar qué?
-Que el sol se ponga.
Pareciste muy sorprendido primero, y después te reíste de ti mismo. Y me dijiste:
-Siempre me creo que estoy en mi tierra.
En efecto, como todo el mundo sabe, cuando es mediodía en Estados Unidos, en Francia se está poniendo el sol. Sería suficiente poder trasladarse a Francia en un minuto para asistir a lapuesta del sol, pero desgraciadamente Francia está  demasiado lejos. En cambio, sobre tu pequeño planeta te bastaba arrastrar la silla algunos pasos para presenciar el crepúsculo cada vez que lo deseabas.
-¡Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces!
Y un poco más tarde añadiste:
-¿Sabes? Cuando uno está verdaderamente triste le gusta ver las puestas de sol.
-El día que la viste cuarenta y tres veces estabas muy triste ¿verdad?
Y principito no respondió.
(...)
Para mi no eres todavía más que en muchachito semejante a 100.000 muchachitos. Y no te necesito, y tu tampoco me necesitas, no soy para ti más que un zorro semejante a 100.000 zorros, pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro, serás para mí único en el mundo, seré para ti único en el mundo. Si me domesticas, mi vida se llenará de sol, conoceré un ruido de pasos que será diferente a todos los otros...tus ruidos me llamarán fuera de la
madriguera, como una música.


Lazarillo de Tormes (fragmento)

Autor: (Anónimo)

Tipo de texto: Narrativo

En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo sería para adestralle, me pidió a mi madre, y ella me encomendó a él, diciéndole cómo era hijo de un buen hombre, el cual, por ensalzar la fe, había muerto en la de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no saldría peor hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y mirase por mí, pues era huérfano. Él respondió que así lo haría y que me recibía, no por mozo, sino por hijo. Y así le
comencé a servir y adestrar a mi nuevo y viejo amo.
Como estuvimos en Salamanca algunos días, pareciéndole a mi amo que no era la ganancia a su contento, determinó irse de allí; y cuando nos hubimos de partir, yo fui a ver a mi madre, y, ambos llorando, me dio su bendición y dijo:
-Hijo, ya sé que no te veré más. Procura de ser bueno, y Dios te guíe. Criado te he y con buen amo te he puesto; válete por ti.
Y así me fui para mi amo, que esperándome estaba.
Salimos de Salamanca, y, llegando a la puente, está a la entrada de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y, allí puesto, me dijo:
-Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro de él.
Yo simplemente llegué, creyendo ser así. Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome:
-Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo.
Y rió mucho la burla.
Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño, dormido estaba. Dije entre mí: «Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer».



Manolito Gafotas (fragmento)

Autor: Elvira Lindo

Tipo de texto: Narrativo

"Me llamo Manolito García Moreno, pero si tú entras a mi barrio y le preguntas al primertío que pase:
 – Oiga, por favor, ¿Manolito García Moreno?
El tío, una de dos, o se encoge de hombros o te suelta:
–Oiga, y a mí qué me cuenta.
Porque por Manolito García Moreno no me conoce ni el Orejones López, que es mi mejor amigo, aunque algunas veces sea un cochino y un traidor y otras, un cochino traidor, así, todo junto y con todas sus letras, pero es mi mejor amigo y mola un pegote.
En Carabanchel, que es mi barrio, por si no te lo había dicho, todo el mundo me conoce por Manolito Gafotas. Todo el mundo que me conoce, claro. Los que no me conocen no saben ni que llevo gafas desde que tenía cinco años. Ahora, que ellos se lo pierden.
Me pusieron Manolito por el camión de mi padre, y al camión le pusieron Manolito por mi padre, que se llama Manolo. A mi padre le pusieron Manolo por su padre, y así hasta el principio de los tiempos. O sea, que por si no lo sabe Steven Spielberg, el primer dinosaurio velocirraptor se llamaba Manolo, y así hasta nuestros días. Hasta el último Manolito García, que soy yo, el último mono. Así es como me llama mi madre en algunos momentos cruciales, y no
me llama así porque sea una investigadora de los orígenes de la humanidad. Me llama así cuando está a punto de soltarme alguna galleta o colleja. A mí me fastidia que me llame el último mono, y a ella le fastidia que en el barrio me llamen el Gafotas. Está visto que nos fastidian cosas distintas, aunque seamos de la misma familia.”
”... El Imbécil es mi hermanito pequeño, el único que tengo. A mi madre no le gusta que le llame el Imbécil; no hay ningún mote que a ella le haga gracia... Me salio el primer día que nació. Me llevó mi abuelo al hospital, yo tenía cinco años; me acuerdo porque acababa de estrenar mis primeras gafas y mi vecina Luisa siempre me decía: ”Pobrecillo, con cinco años”.


Oliver Twist (fragmento)

Autor: Charles Dickens

Tipo de texto: Narrativo

Entre los varios edificios públicos de cierta ciudad, que por muchas razones será prudente que me abstenga de citar, y a la que no he de asignar ningún nombre ficticio, existe uno común,de antiguo, a la mayoría de las ciudades, grandes o pequeñas; a saber: el Hospicio. En él nació—un día y año que no he de molestarme en repetir, pues que no ha de tener importancia para el
lector, al menos en este punto del relato— el ser mortal cuyo nombre va antepuesto al título de este capítulo.
Bastante después de haber sido introducido en este mundo de pesares e inquietudes por el médico de la parroquia, se abrigaron innúmeras dudas de que el niño sobreviviese siquiera lo preciso para llevar un nombre, en cuyo caso es más que probable que estas Memorias no hubiesen aparecido jamás, o, de haberse publicado, al hallarse comprendidas en un par de páginas, hubieran poseído el inestimable mérito de constituir la biografía más concisa y fiel de
cuantas existan en la literatura de cualquier época o país.
Si bien no estoy dispuesto a sostener que el haber nacido en un hospicio sea, por sí sola, la circunstancia más afortunada y envidiable que pueda acontecer a un ser humano, sí he de decir que, en este caso particular, fue lo mejor que pudo haberle ocurrido a Oliver Twist. Es el caso que se tuvieron grandes dificultades para inducir a Oliver a que tomase sobre sí la tarea de respirar, práctica molesta, pero que la costumbre ha hecho necesaria para nuestra cómoda
existencia, y durante un rato permaneció boqueando sobre un colchoncillo de borra, suspendido de manera harto inestable entre este mundo y el otro, indudablemente inclinada la balanza en favor de éste último. Ahora bien: si durante ese breve período hubiese estado Oliver rodeado de solícitas abuelas, anhelosas tías, expertas nodrizas y doctores de honda sabiduría, inevitable e
indudablemente hubiera muerto en un decir amén. Mas como no había sino una pobre vieja, bastante aturdida por el inusitado uso de la cerveza, y el médico de la parroquia, que desempeñaba estas funciones por contrata, Oliver y la Naturaleza pudieron dilucidar la cuestión por sí solos.
El resultado fue que, mediante algunos esfuerzos, Oliver respiró, estornudó y procedió a anunciar a los huéspedes del Hospicio el hecho de la nueva carga impuesta sobre la parroquia, lanzando un grito todo lo agudo que lógicamente podía esperarse de un infante que sólo poseía ese utilísimo accesorio que es la voz desde un espacio de tiempo no superior a tres minutos y cuarto.
Tan pronto como Oliver dio esta primera prueba del libre y adecuado funcionamiento de sus pulmones se agitó la remendada colcha que se hallaba desaliñadamente extendida sobre el lecho de hierro, se alzó desmayadamente sobre la almohada el rostro pálido de una joven y una voz apagada articuló de un modo imperfecto estas palabras:
—¡Dejadme ver a mi hijo antes de morir!
El doctor, que se hallaba sentado cara al fuego, calentándose y frotándose las manos alternativamente, al oír la voz de la joven se levantó y, acercándose a la cabecera de la cama, murmuró, con más dulzura de la que pudiera esperarse de él:
—¡Vamos! No hay que hablar de morirse todavía.
—¡Pues claro que no...! —exclamó la enfermera, depositando apresuradamente en su bolsillo una botella de verde cristal que estuvo saboreando en un rincón con evidente regusto—.
¡Que Dios bendiga vuestra alma! Cuando hayáis vivido tanto como yo y hayáis tenido trece hijos, muertos todos, menos dos, que están conmigo en este hospicio, ya veréis cómo no lo tomáis de ese modo. Pensad en lo que es ser madre y en que hay aquí un corderillo que criar, ¡ea!
Evidentemente, esta consoladora perspectiva de esperanzas maternas no surtió el efecto apetecido. La paciente movió tristemente la cabeza y tendió la mano hacia su hijo.
El médico lo depositó en sus brazos. Ella apretó ardientemente sus pálidos labios sobre la frente del niño, se pasó luego las manos sobre el rostro, miró en derredor con ojos extraviados, se estremeció, cayó de espaldas... y murió. Le frotaron el pecho, las manos y las sienes; mas la sangre se había detenido para siempre. Antes habían hablado de esperanza y de consuelos. Hacía mucho tiempo que éstos eran desconocidos para ella.
—¡Todo ha terminado, señora Thingummy! —dijo el médico, al cabo.
—¡Ah! ¡Pobrecita! Ya lo veo —murmuró la enfermera, recogiendo el tapón de la botella verde, que se había caído sobre la almohada al tiempo de inclinarse a levantar al niño—. ¡Pobre mujer!
—No os molestéis en mandar por mí si el niño llora —dijo el médico, poniéndose los guantes con gran parsimonia—. Es muy probable que esté molesto. En ese caso, dadle un poco de papilla —se puso el sombrero y, deteniéndose junto a la cama, camino de la puerta, añadió—:
Era guapa la muchacha... ¿De dónde vino?
—La trajeron anoche —respondió la vieja— por orden del visitador. La encontraron
tendida en la calle. Debió de haber andado mucho, pues traía los zapatos destrozados; pero nadie sabe de dónde venía ni adónde iba.
Se inclinó el doctor sobre el cadáver y le alzó la mano izquierda.
—¡Lo de siempre! No hay anillo de boda. ¡Ah! ¡Buenas noches!
Se fue el médico a cenar, y la enfermera, tras haberse aplicado una vez más a la verde botella, se sentó en una silla baja delante del fuego y comenzó a vestir al infante.
¡Qué excelente ejemplo, el joven Oliver Twist, del poder de los vestidos! Liado en la colcha que hasta este momento fuera su único abrigo, lo mismo podría haber sido el hijo de un noble que el de un mendigo; difícil le hubiera sido al más soberbio desconocido asignarle su puesto adecuado en la sociedad. Mas ahora, envuelto ya en las viejas ropas de percal, amarillentas de tanto uso, quedó clasificado y rotulado, y al instante ocupó su debido lugar: era el hijo de la parroquia, el hospiciano huérfano, el galopín humilde y famélico que ha de ser
abofeteado y tundido a su paso por el mundo, despreciado por todos y por nadie compadecido.
Oliver lloraba con fuerza; mas si hubiera podido saber que era un huérfano a merced de las indulgentes gracias de capilleros y limosneros, acaso hubiera llorado mucho más.


Poema nº 20
Obra: Veinte poemas de amor y una canción desesperada
Autor: Pablo Neruda
Tipo de texto: Poético

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: "La noche esta estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

El romance de la viuda enamorada

Autor: Rafael De León
Tipo de texto: Poético

Siempre pegada a tu muro
y al filo de tus almenas;
siempre rondando el castillo
de tu amor; siempre sedienta
de una sed mala y amarga
de desengaño y arena.
¿Por qué te querré tanto?
¿Por qué viniste a mi senda?
¿Quién hizo brillar tus ojos
en la noche de mi pena?
¿Qué lluvia de mal cariño
quiso convertirme en yedra,
que va creciendo y creciendo
pegada a tu primavera?
¡Ay, que montaña de amor
tengo sobre mi cabeza!
¡Ay, que río de suspiros
pasa y pasa por mi lengua!
Yo estaba en mis campos hondos,
allí en Castilla la Vieja
durmiéndome entre molinos
y coplas rubias de siega,
y era mi vida una noria
monótona y polvorienta.
Mis hijos venían del campo,
con sus camisas abiertas,
y en el pulso de sus hombros
reclinaba mi cabeza.
Así, un día y otro día,
allí en Castilla la Vieja...
Una tarde ( por los nardos
subía la primavera... ).
Una tarde, vi tu sombra
que venía por la senda
dentro de un traje de pana,
tres vueltas de faja negra
y una voz dura y redonda
lo mismo que una pulsera.
-Buenas tardes, ¿hay trabajo?
-Sí- te dije toda llena
de un escalofrío lento
que me sacudió las venas
y me quitó de encima
diez años de vida muerta,
bordando en mi enagua oscura
una rosa dulce y tierna.
-Está bien- fueron tus gracias,
y, doblando la chaqueta
te sentaste a mi lado
en el borde de la senda.
Vive este amor de silencio
y entre silencio se quema,
en una angustia de horas
y en un sigilo de puertas.
El pueblo ya lo murmura
en una copla que rueda
todo el día por el campo
y de noche en la taberna.
Dicen que si soy viuda
y sacan el muerto a cuestas;
dicen, que si por mis hijos
me debía dar vergüenza...
Dicen, tantas cosas, tantas,
que las paredes se llenan
de vidrios y maldiciones
y hasta a veces de blasfemias.
Mi hijo el mayor (veinte años,
dulce y moreno), con pena,
me habló esta mañana: -Madre,
ese traje no te sienta,
ni esas flores, ni ese pelo,
ni ese pañuelo de hierbas...
Yo no me atreví a mirarlo,
y me sentí muy pequeña,
como si fuese mi madre
la que hablándome estuviera.
-Por nosotros, tu no debes
vestirte de esa manera...
¡Ay, por vosotros! Os di
todo el trigo de mi era;
todavía de vosotros
mi cintura tiene huellas.
¡Sangre mía que anda y vive
y a mí me va haciendo vieja!
¿Pero es que yo ya no tengo
derecho a querer? ¿Qué ciega
ley me prohíbe que al sol
deje mis rosas abiertas?
¿Y que me mire al espejo,
y que me vista de fiesta,
y que en mi jardín antiguo
florezca la primavera?...
¡Quiero y quiero y quiero y quiero!
Están en flor mis macetas;
diez risueñores heridos
cantan amor en mis venas,
y me duele la garganta,
y está mi voz hecha piedra
de tanto decir: "Te quiero
como a ninguno quisiera!"
¡Ay, qué montaña de amor
tengo sobre la cabeza!
¡Ay, qué río de suspiros
pasa y pasa por mi lengua!
¡Canten, hablen, cuenten, digan,
pueblo, niños, hombres, viejas...
que yo de tanto quererle
no sé si estoy viva o muerta!



Si
Autor: Rudyard Kipling
Tipo de texto: Poético

Si guardas en tu puesto la cabeza tranquila,
cuando todo a tu lado es cabeza perdida.
Si tienes en ti mismo una fe que te niegan
y no desprecias nunca las dudas que ellos tengan.
Si esperas en tu puesto, sin fatiga en la espera.
Si engañado, no engañas.
Si no buscas más odio, que el odio que te tengan.
Si eres bueno, y no finges ser mejor de lo que eres.
Si al hablar no exageras, lo que sabes y quieres.
Si sueñas y los sueños no te hacen su esclavo.
Si piensas y rechazas lo que piensas en vano.
Si alcanzas el TRIUNFO ó llega tu DERROTA,
y a los dos impostores les tratas de igual forma.
Si logras que se sepa la verdad que has hablado,
a pesar del sofisma del Orbe encanallado.
Si vuelves al comienzo de la obra perdida,
aunque esta obra sea la de toda tu vida.
Si arriesgas de un golpe y lleno de alegría,
tus ganancias de siempre a la suerte de un día,
y pierdes, y te lanzas de nuevo a la pelea,
sin decir nada a nadie lo que eres, ni lo que eras.
Si logras que los nervios y el corazón te asistan,
aún después de su fuga, en tu cuerpo en fatiga,
y se agarren contigo, cuando no quede nada,
porque tú lo deseas, lo quieres y mandas.
Si hablas con el pueblo, y guardas la virtud.
Si marchas junto a Reyes, con tu paso y tu luz.
Si nadie que te hiera, llega a hacerte la herida.
Si todos te reclaman, y ninguno te precisa.
Si llenas el minuto inolvidable y cierto,
de sesenta segundos, que te llevan al cielo.
TODO lo de esta Tierra será de tu dominio,
Y mucho más aún ...
¡ Serás un HOMBRE, hijo mío !


Para vivir no quiero

Obra: La voz a ti debida
Autor: Pedro Salinas
Tipo de texto: Poético

Para vivir no quiero
islas, palacios, torres.
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!
Quítate ya los trajes,
las señas, los retratos;
yo no te quiero así,
disfrazada de otra,
hija siempre de algo.
Te quiero pura, libre,
irreductible: tú.
Sé que cuando te llame
entre todas las gentes
del mundo,
solo tú serás tú.
Y cuando me preguntes
quién es el que te llama,
el que te quiere suya,
enterraré los nombres,
los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
lo que encima me echaron
desde antes de nacer.
Y vuelto ya al anónimo
eterno del desnudo,
de la piedra, del mundo,
te diré:
«Yo te quiero, soy yo."


Libre te quiero

Autor: Agustín García Calvo
Tipo de texto: Poético

Libre te quiero
como arroyo que brinca
de peña en peña,
pero no mía.
Grande te quiero
como monte preñado
de primavera,
pero no mía.
Buena te quiero
como pan que no sabe
su masa buena,
pero no mía.
Alta te quiero
como chopo que al cielo
se despereza,
pero no mía.
Blanca te quiero
como flor de azahares
sobre la tierra,
pero no mía.
Pero no mía
ni de Dios ni de nadie
ni tuya siquiera.


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AVISO

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